Por Marisol Vicens Bello

Aunque hace tiempo que nuestros políticos están haciendo campaña, o más bien, nunca han dejado de estar en ella, la proximidad de las elecciones ha arreciado las actividades políticas.

Para la mayoría de la población las campañas solo significan molestias, por alteraciones al tráfico, ruidos que quitan la tranquilidad, agresión visual con proliferación de vallas y carteles, así como saturación por una masiva publicidad realizada por los candidatos, sobre todo los oficiales, que exhiben sin rubor sus aplastantes recursos.

Pero para los políticos las campañas son guerras sin cuartel, en las que se busca conquistar no solo cargos sino el botín de privilegios y prebendas por los que muchos están dispuestos a “invertir” ingentes recursos, comprar votos y conciencias y hasta poner en juego su vida y la de otros.

Pero lo peor de las campañas es que sacan a flote el lado más oscuro de sus actores y ponen al desnudo las irracionalidades, ilegalidades y extremismos a los que personas supuestamente inteligentes y formadas pueden llegar producto de las pasiones políticas; y la veleidosa tolerancia de la sociedad, que a veces se preocupa más por no enfrentar a las actuales o futuras autoridades, que en ejercer un control sobre las mismas.

Penosamente nuestros políticos no son capaces de darse cuenta que la lógica, la moral y el respeto a la ley y la institucionalidad deben aplicar, aunque se esté en medio de la campaña, y que no se necesita que sea una ley la que ordene cosas tan elementales como que deben debatirse las propuestas

Como cuando la campaña recrudece todo se vale, hay que tener mucha cautela ante los intentos de presión para que se tomen decisiones caprichosas e ilegales y tener conciencia de que todo lo que se dice, descubre, se hace o no se hace tiene un objetivo, olvidándose muchas veces los políticos que el mundo está interconectado y que lo que aquí se hace con un determinado fin, será conocido por todos y podría acarrear negativas consecuencias.

Es el caso de la selección del laureado y exquisito exponente de la literatura latinoamericana Mario Vargas Llosa como ganador del premio Pedro Henríquez Ureña. Lo que primeramente pareció un positivo acto de apertura y respeto por parte del gobierno a la independencia de los organismos para decidir lo que deben hacer -en este caso premiar, sin injerencias políticas- ha puesto de manifiesto que aun voces entendidas como sensatas dentro del gobierno son capaces de caer en el error de pensar, y así manifestarlo públicamente, que un premio deba ser decidido en base a conveniencias políticas, o que no deba ser otorgado a quien a todas luces lo merece, porque sea considerado por el gobierno como un acto de imprudencia política.

Y es que la pasión es mala consejera y hace errar a los más avezados, sin darse cuenta el gobierno, que intentando desmarcarse de una selección de un jurado independiente por los supuestos efectos negativos que esta pudiera tener en una parte de la sociedad, todo el esfuerzo y recursos desplegados para mejorar la imagen internacional del país en relación con el tema migratorio se pierden, y todo por no asumir un supuesto costo político.

Penosamente nuestros políticos no son capaces de darse cuenta que la lógica, la moral y el respeto a la ley y la institucionalidad deben aplicar, aunque se esté en medio de la campaña, y que no se necesita que sea una ley la que ordene cosas tan elementales como que deben debatirse las propuestas, que debe haber equidad en el uso de los medios, que no debe abusarse de los recursos del Estado ni de la dignidad e inteligencia de la gente vendiéndoles la idea de que lo que el Estado proporciona con los recursos de los contribuyentes son regalos del presidente o del candidato, porque lo que se hace bajo la excusa de que se vale todo en campaña, tiene un costo para la Nación, muchas veces irreparable.

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