José Alejandro Ayuso
José Alejandro Ayuso

Por José Alejandro Ayuso

Cuando un estudiante pasa más de una década en universidades de diversas latitudes debería ser porque le atrae la búsqueda del conocimiento y la reflexión intelectual sobre conceptos aplicables a la realidad que le ha tocado vivir y tiene el deber de mejorar. Pero además, este paso prolongado por la academia también podría mostrar el potencial desarrollo de una vocación docente en el área de especialización que, en mi caso, cuenta con estudios superiores sobre Derecho Internacional, Derecho Constitucional y experiencia en la función pública como subconsultor jurídico del Poder Ejecutivo y viceministro de Relaciones Exteriores.

Desde mi regreso de Francia en el 1991 y luego de España 20 años después he sido docente en los principales centros de educación superior del país, bajo la premisa incuestionable del pensador J. Joubert: “Quien enseña aprende dos veces”. Quizá mis estudiantes valoren como yo los esfuerzos para instruirnos mutuamente que hemos hecho en intensas jornadas de labor. Cuando me llaman “profesor” siento la satisfacción de haber establecido un vínculo imperecedero que trasciende haber guiado y calificado el trabajo realizado por el alumno.

Nueva vez agradezco a la prestigiosa Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en la persona de su Vicerrector Académico de Postgrado el destacado economista y buen amigo Dr. Pedro Silverio, la oportunidad y el privilegio de coordinar una interesante propuesta de estudios: la Maestría en Relaciones Internacionales que, luego de un breve receso, volvemos a impartir a mediados de agosto próximo.

Me concierne orientar a los jóvenes profesionales de las distintas ramas del saber para que decidan complementar sus conocimientos con el abordaje científico e integral de cómo funciona el entramado de las relaciones internacionales entre estados y gobiernos, organizaciones internacionales y no gubernamentales y empresas multinacionales, confirmado ya que este valioso aprendizaje resulta imprescindible para comprender las claves de este nuevo espacio que compartimos en el mundo interdependiente e interconectado de la globalización.

A pesar de esta inexorable tendencia impulsada por múltiples factores a convertir el planeta en una “aldea global”, aun es cierto que lo esencial de las relaciones sociales continúa desarrollándose en un marco interno, el del país donde habitamos. No obstante, cada vez son más frecuentes y penetran más nuestra vida cotidiana, en los ámbitos personal y laboral, las relaciones con ese “mundo exterior” tan cercano ya mediante el lazo invisible de las telecomunicaciones, y sobre todo del Internet. El tratadista francés Serge Sur (2006) afirma con razón que “Vivimos en una sociedad interna, pero actuamos en un marco internacional”.

Es por este constante proceso de internacionalización de las vidas pública y privada en todos los órdenes que la Constitución de la República consagra una “opción internacional”: esta manda la apertura del Estado Dominicano a los procesos de globalización, cooperación y de integración a una comunidad de naciones soberanas que coordinan acciones y suscriben acuerdos en procura de soluciones comunes a problemas que también lo son, como el respeto a los derechos humanos, la eliminación de la pobreza, el control de los flujos migratorios, la protección del medioambiente, la negociación de tratados de libre comercio y la regulación del sistema financiero, la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, entre otros.

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